Labrando el Erial

Erial: Dícese de una tierra o de un campo sin cultivar ni labrar.







Hay que comenzar, como todas las cosas, por un principio, y este blog pretende ser mi pequeña aportación, mi pequeña semilla para ayudar a cultivar el erial cultural en el que vivimos.



Probablemente nadie leerá nada de lo que aquí aparezca publicado, pero hay que pelear con los medios que tenemos a nuestro alcance para contribuir así a despertar las mentes aletargadas, adormecidas y aborregadas por la televisión y el utilitarismo.







martes, 13 de agosto de 2013

Slavoj Zizek.El Año que Soñamos Peligrosamente.Cap. 1



Comentario propuesto para el  Capítulo 1

Partiendo siempre de la crítica de la economía política realizada por Marx -que es el más veraz análisis de la realidad material y del funcionamiento de nuestras sociedades capitalistas- hemos de observar y aprender a analizar los acontecimientos geo-políticos y sociales que se están produciendo en la actualidad en todo el mundo. Sin embargo, a la vez que hacemos esto, hemos de disociar completamente de este análisis el “determinismo” del historicismo evolucionista marxista. Este historicismo contempla, a grandes rasgos, la inevitabilidad de que la lucha de clases acabará resolviéndose gracias al papel del sujeto revolucionario encarnado en el proletariado. La historia de la emancipación humana será consecuencia de la inefabilidad evolutiva en la que el ser humano está inserto. A la vez que este sujeto proletario toma el poder, el capitalismo será sustituido por el comunismo (Todo es uno). Esto es, a todas luces, algo que escapa a la realidad. Por un lado asigna sin más a una clase (el proletariado) el papel de libertador, aún sin contemplar las posibles variables objetivas de la realidad en el momento en que pudiera producirse tal revolución(es) mundial(es). Pero más grave es aún el papel que este determinismo concede al capitalismo, concibiéndolo como un sistema abstracto y estático, en el que las fases de su existencia irán sucediéndose ordenadamente hasta que llegue el momento de su destrucción. Como vemos, esta concepción es erronea porque debemos entender que la fuerza del capitalismo reside en que el mismo sistema se sustenta constantemente a través de un antagonismo estructural, del que todos participamos, y que actúa como motor del propio sistema. Este antagonismo le permite sortear los obstáculos (crisis económicas, etc.) y escapar hacia el futuro. Nosotros de una forma u otra legitimamos este antagonismo y permitimos que la dominación del capital se autogenere.
Las relaciones proletariado- explotador (concebidos en términos de trabajador industrial y patrón), centralizada y jerarquizada, pudieron ser válidos en el siglo XIX y XX, pero podemos ver cuan dista de la realidad actual esta relación de fuerzas. En nuestra época, la producción material ha sido sustituida en muchos casos por la producción simbólica, es decir, por un trabajo inmaterial autogenerado en el que el valor del producto no reside en el objeto material fabricado, sino en su carácter intelectual y afectivo por un lado, o en su caracter especulativo por otro. Esto no quiere decir, por supuesto, que no existan explotadores y explotados, sino que las relaciones entre estos se han desdibujado y han cambiado considerablemente. Hoy en día es el poder financiero quien tiene en su poder las fábricas y los bienes de la vieja burguesía (tradicional dueña de los medios de producción material). Si esto es así, ¿dónde está ahora esa burguesía? Sería estúpido, cuanto menos, pensar que ésta ha desparecido, que hemos llegado a una época de nivelación social. La realidad de esto es que ha mutado hacia la figura del "experto". La plusvalía que tradicionalmente recibía el burgués gracias al trabajo del obrero ahora se ha convertido en Plus-salario. Es decir, la burguesía ha devenido en élite, ya sea esta técnica, artística, financiera, política, etc. Como decimos, esta élite recibe un  Plus-salario por su posición en la escala social. Este plus-salario se autoperpetúa en las élites a través de la educación y de las relaciones sociales. En el primer caso, gracias al poder adquisitivo de las familias que concede  un mejor y mayor acceso a los medios educativos de calidad (prestigiosos colegios, universidades elitistas), mayor tiempo de estudios, más apoyo en forma temporal, más recursos profesionales, etc. El segundo caso se entiende por sí mismo. Las redes de relaciones elitistas permiten que el hijo de un prestigioso cirujano tenga más fácil el acceso al puesto de jefe de neurocirugía de un hospital, del mismo modo, el hijo de un amigo íntimo de cualquier director de banco tiene muchas papeletas para acabar trabajando como directivo en éste, y así podríamos ir enumerando casos en cualquier área (cargos políticos, directores de instituciones, etc.). Gracias a esta sencilla fórmula, el poder financiero (auténtico dueño de todos los medios de producción), se garantiza el mantenimiento de una jerarquía económica, y se asegura de paso la existencia de una clase dominante dispuesta a mantener sus privilegios y a defender los intereses de éste. De esta forma la élite se autogenera, defiende con uñas y dientes al capital, pues gracias a él mantiene sus privilegios. Con esta élite el capitalismo sigue conformándose como un sistema de dominación, pero que sabe cambiar y autoexpanderse, adaptándose a la realidad social objetiva.
Vemos cuán lejos está esta realidad de la simplista y determinista forma en la que Marx veía las relaciones explotador- explotado, y como erró el tiro a la hora de determinar cómo el capitalismo se agotaría e iría cayendo gracias al empuje de la fuerza revolucionaria del proletariado. No es extraño que en la época de entreguerras esto cobrara pleno sentido, pero hoy vemos que lejos de esto, el sistema capitalista mantiene su hegemonía porque- no lo olvidemos- lo conformamos y lo legitimamos personas; como personas sabemos adaptarnos, cambiar, pelear para sobrevivir. De modo que el capitalismo se protege, se proyecta hacia el futuro, se autogenera, y no caben en él explicaciones del tipo: “el capital pasa por unas determinadas fases”, “que todo es cíclico”, “que hay un capitalismo bueno y otro malo”, etc. Pues aunque todas estas explicaciones no son erróneas por sí mismas, no reflejan la autentica realidad del sistema.

Esto nos lleva a analizar los recientes acontecimientos en Europa. Por un lado, la oligarquía financiera hace su trabajo: El BCE, el FMI, La OCDE dictan sentencia sobre los estados, y con una llamada telefónica tienen la capacidad de empobrecer a las clases medias, condenar a la miseria al lumpen, recortar derechos sociales, robar, expoliar, etc. Por otro lado, la élite (sobre todo política, aunque no exclusivamente), se limita a agachar la cabeza, a aplaudir y a ceder la soberanía del estado a los bancos. Con ello se consigue que la oligarquía financiera acumule más poder económico y con ello más poder real sobre los estados y las personas. Por otra parte, la élite nacional se garantiza el mantenimiento del poder en su ámbito territorial, más si cabe al mantener a una población en estado de miedo constante, con lo cual se consigue que ésta sea fácilmente manipulable y que esté dispuesta a aceptar cualquier régimen de esclavitud.
Ante este panorama, en Europa estamos asistiendo a dos formas de contestación a esta situación, pero ambas giran en torno a un mismo plano. La primera es la de alinearse directamente con la oligarquía nacional, la de la defensa nacional-capitalista ante los ataques de las instituciones europeas y mundiales. Surge así un ultranacionalismo que es el caldo de cultivo para el fascismo. El ejemplo vivo de esto es Grecia y el surgimiento de movimientos neonazis como “Amanecer Dorado”.  Esto no merece más comentario, pues es algo que hemos visto ya en muchas ocasiones de nuestra triste y famosa historia reciente. La otra forma es la de las protestas sociales “ciudadanistas” (Democracia Real Ya, Toma la plaza, etc.)  Estas protestas son un reflejo de todo lo anteriormente dicho.
Son heterogéneas en cuanto a las personas que forman parte en ellas, pero surgen sobre todo como reacción ante los recortes de los gobiernos, que suponen la pérdida de derechos sociales y de salario de los trabajadores. No surgen como una verdadera lucha por el cambio, a lo único que aspiran es a la protesta, a la crítica de lo existente sin dar alternativas (porque no se proponen cambiar nada). No es extraño, pues, que a estas protestas se sumen toda clase de personas, desde la burguesía que ve peligrar su plus-salario, esto es, su situación privilegiada respecto a la clase trabajadora, hasta estudiantes universitarios que ven peligrar su futuro estatus, pasando por una autoengañada “clase media”, que hasta hacía pocos años miraba a los elementos burgueses y aspiraba a llegar a ser como estos, y hoy está aterrorizada por la posibilidad de verse degradada a ser una clase baja (trabajadora y explotada). Lo que no se ve en estas protestas es precisamente a esa verdadera clase trabajadora, salvo en casos aislados y siempre para defender intereses propios y específicos de su sector, ni tampoco se ve a los desempleados. Esto así nos da una idea sobre el plano en que se mueven estos dos polos. Por un lado la ultraderecha que protege a la oligarquía nacional, que se dispone a organizarse, incluso a armarse, para luchar por sus intereses y protegerse del extranjero. Por otro, estas protestas blancas, que le hacen el juego a la misma oligarquía haciendo de válvula de escape para el desencanto social, y que no plantean un verdadero cambio de paradigma, sino que además estarían dispuestos, llegado el caso, a defender el sistema de “castas” con tal de salvar el orden económico.

Ante tal atomización, la clase trabajadora no puede sino empezar a redefinirse, debe empezar a saber quién es y qué papel juega en la sociedad; no puede contemporizar con las democracias burguesas, sino que debe apelar (siquiera teóricamente) a la lucha de clases, que está más viva que nunca, y sobre todo debe aprender de la situación actual, porque el cambio, la subversión, es más posible en este escenario actual que en todo el siglo anterior.


Autor: José Antonio Marín Díaz.

sábado, 27 de julio de 2013

Un Puente a Terabithia - Comentario Crítico



Un Puente a Terabithia  - Comentario Crítico

Película dirigida por  Gabor Csupo. Basada en el libro de Katherine Paterson

Cuando uno va a ver una película una tarde de domingo espera un tipo de película concreta, algo que pueda ver sin tener que implicarse demasiado racional o emocionalmente. Eso es justamente lo que esperaba yo al encontrar y poner una película “fácil de ver”, pues a priori, este filme está dirigido a un público juvenil occidental, ya que en él pueden verse algunas “problemáticas” de esa franja de edad pre-adolescente, -entre la infancia y la juventud-, una época que ya hemos olvidado por el peso de la pragmática en nuestras vidas. Pues bien, como decía, ese tipo concreto de película que esperaba ver es lo contrario de lo que disfruté.

No pretendo hacer una crítica exhaustiva de la película, o buscar significados en aquello que no lo tiene, sin embargo, lo que espero es poder hacer una reflexión personal de lo que produjo en mí  al verla. Antes de nada, me gustaría señalar que evidentemente, esta película no pasará a la historia, por así decir, del séptimo arte; es una película en cierto modo comercial, un drama juvenil como estamos acostumbrados a ver en multitud de ocasiones en el cine. Una película, en fin, correcta, agradable, con cierta dosis de melancolía, de humor, de drama… en resumen, el “coctel perfecto” para que una película funcione.

Sin embargo, y es aquí donde comienza el objeto de mi reflexión, subyace durante toda la película algo que permanece oculto a la vista superficial, algo que eriza la piel precisamente por ser algo desconocido, y por eso mismo imposible de cualificar o cuantificar. Esa es entonces su primera virtud: La incomunicabilidad de lo oculto que existe en la película; es decir, lo poético que subyace en la obra.
Esa poética oculta de la que está impregnada no nos impele a que pongamos en marcha nuestras emociones - de eso ya tratan de encargarse las películas televisivas de Antena3, y con pésimos resultados-  sino que emociona por ella misma, sin que sepamos por qué. La diferencia es más palpable por cuanto el tipo de película no es un drama al uso, no es un culebrón más; es más bien una historia de infancia perdida, o casi perdida (que de eso nos habla al final de la misma), o de la infancia que nunca debemos perder aunque la vida sea, al fin y al cabo, pura realidad y racionalidad. Y aunque “lo práctico” vaya abriéndose paso en nuestro interior, colonizando las escasas parcelas de ilusión, de imaginación, de alegría infantil que nos van quedando, siempre nos quedará un último reducto de ilusión que debemos defender hasta las últimas consecuencias.

Por tanto, lo poético nos habla, aunque no directamente, no a través del guión, no a través de los diálogos o de los personajes en sí (no a través de la realidad cruda), sino en virtud de algo desconocido pero que tiene capacidad de remover algo en nuestra conciencia. Del mismo modo que algunas obras de arte, son capaces de inquietarnos o de esperanzarnos, de alegrarnos o entristecernos, esta película nos mueve a mirar con otros ojos la realidad de lo que estamos viendo en la pantalla. Es como si al mirar no viésemos la realidad tal-y- como-es, sino tal y como la representamos en nuestro interior. De eso están hechas las mejores obras de arte, y de eso precisamente es de lo que carece el arte postmoderno, empeñado en sustraer toda la poética a la obra, y desnudarla para que se nos aparezca crudamente real, sin ninguna intención, sin ningún efecto transcendente para el espectador.

 Pienso, sin movernos del cine, por ejemplo en películas como las de Tarantino, esplendidas en cierto sentido, donde se nos muestra una realidad descarnada (y por eso mismo) sórdida como la vida misma, pero que no pueden ir más allá de la realidad de un mundo violento como es el nuestro. Sin embargo, pierden la oportunidad de elevarse sobre la vida para “transformarla” y “transformarnos”. Y es que precisamente el creador no busca la transformación, sino mostrarnos simplemente lo que hay en la realidad. Con esta realidad podemos también sorprendernos, alegrarnos y entristecernos… pero nunca estos sentimientos sobrepasarán el ámbito temporal  del café que nos podemos tomar después de haberla visto. El materialismo llevado al cine es eso: Mostrar el objeto en su plenitud, pero sin hacer ninguna abstracción de él. No puede movernos a una autentica reflexión crítica. Es como si al mostrarnos “toda” la realidad, al descubierto, ésta perdiese su misterio, aquello que hace de la realidad algo genuino. Esta también es una consecuencia de esta época postmoderna, como lo es así mismo, esa multitud de conocimientos y de información a la que podemos acceder y que, al contrario de lo que pudiera parecer, no nos impele a reflexionar y a actuar en consecuencia, sino que nos anestesian y nos preñan de escepticismo y nihilismo. Es por eso que el autor de Un Puente a Terabithia puede presumir de haber alcanzado algo tan alejado de esta cultura postmoderna, algo que mueve a una autentica reflexión crítica a través de su poética.

Por otro lado, me gustaría comentar otra virtud que tiene esta película, que es la muestra visible de esa poética. Me refiero a la sensibilidad con la que se aborda el tema de la relación realidad-fantasía, y de cómo se cuida muy bien de que ambas estén en constante relación. Toda la película parece sugerir que la realidad es un monstruo para el individuo, algo así como el famoso grabado de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”, donde se ve a un escritor recostado sobre su escritorio, mientras por detrás salen toda clase de alimañas y de sombras. Pues bien, el autor del filme subvierte esta relación, haciéndonos ver como la realidad puede ser banal (sin grandes tragedias) pero monstruosa a la vez, y esto independientemente de lo racional que pueda ser. La vida de los chicos de la película no tiene especialmente nada de trágica, al menos no según nuestros parámetros, pero para ellos es monstruosa. Su realidad está plagada de monstruos imaginarios que son reales, que forman parte de sus vidas. Por eso existe un paralelismo entre sus monstruos imaginarios y las personas reales. Es decir, los monstruos son aquellos que no son ellos mismos. Como son reales tienen que convivir con ellos diariamente, por eso no se evaden de la realidad, sino que la transforman, luchando constantemente contra esos propios monstruos.

En tercer lugar, para concluir, quisiera comentar los minutos finales, que es el momento culminante de la película. Digo que es culminante porque ahí es donde la película cobra su pleno sentido. Hasta ahora la película nos había inquietado por algo poético oculto a la mirada superficial, ahora en cambio todo se hace traumáticamente real y ejerce sobre los personajes y sobre nosotros los espectadores un efecto catártico increíble. Cuando el padre del chico da la noticia de la muerte de su amiga, se produce en nosotros una identificación con todos y cada uno de los personajes de una forma extraordinaria. Pienso que, más allá de nuestra condición personal, cuando llega este momento nos volvemos más humanos que nunca, todos nos reconciliamos por identificación con la humanidad de una forma u otra, y la tragedia ejerce una catarsis, una purificación real en nuestra conciencia.

Pero ahí no acaba la historia, y lo que sigue no es menos increíble, pues tras lo traumático la vida continúa con su banalidad monstruosa, y vemos al personaje que aún roto por el dolor, nos señala el camino hacia la lucha melancólica por defender nuestro yo de la realidad que vivimos. A pesar de que no hay (y no puede haberla)  garantía de victoria, él no se rinde y nos deja una escena final maravillosa, con la construcción del puente y el paso del testigo a su hermanita pequeña. Este final es algo así como un bofetón en toda nuestra cara. La catarsis se consuma de una manera extraordinaria.

Personalmente, hacía mucho tiempo que no había experimentado tales sentimientos de humanidad, tal identificación con los personajes. Creo que este es el gran logro de esta película, y creo que pasará mucho tiempo antes de que pueda escribir en tales términos sobre otra obra de arte.   

José Antonio Marín Díaz

NOTAS

1. Como he señalado más arriba, no ha sido mi intención con este trabajo hacer de crítico de cine, o crear una teoría metafísica terabithiana, sino simplemente dejar constancia de las reflexiones y experiencias que produjo en mi la película, y que creo pudieran ser extensivas a algún lector ocasional(si es que alguna vez tengo alguno).

2. Poético: Con la poética me estoy refiriendo a aquello que podemos contraponer a lo pragmático, es el misterio frente a lo realmente dado.

3. Catarsis: Efecto purificador que causa cualquier obra de arte en el espectador.

viernes, 12 de julio de 2013

Arte

El arte no puede estar condicionado por el espectador en ningún aspecto, mucho menos por el artista. Esto quiere decir que el arte se encuentra constantemente presionando los límites de la realidad palpable, creando nuevos mundos a través del mundo existente. Por eso el arte no debe ser confundido meramente con lo representacional, pues eso sería reducirlo a mera habilidad técnica. Lo oculto, el misterio, las implicaciones psicológicas y emocionales, el desagrado, el humor, lo perturbador que habita en el objeto, esas son las señas de identidad que hacen posible una obra de arte. Y la filosofía se encargará de interpretar la obra, buscando esos nuevos mundos y esas nuevas interpretaciones de la realidad.

sábado, 25 de mayo de 2013

Lógica



Con la lógica más elemental, la que nos puedan haber enseñado en el parvulario, es posible demostrar cómo siguiendo unos sencillos precedimientos se pueden cambiar ciertas condiciones en un objeto determinado. No hace falta estar dotado de una gran inteligencia, ni ser una lumbrera para saber, por ejemplo, que si se confronta aire frio sobre un líquido caliente éste tenderá a enfriarse. Pues bien, hoy pareciera que hemos desterrado esa sencilla lógica de nuestra vida. A una buena parte de la sociedad española de hoy, no le importa proclamar que la única solución a los males que nos azotan se encuentra en la contradicción, que no podemos confrontar los problemas con las soluciones que nos dicta esa lógica elemental. Parecen estar convencidos de que para crear trabajo se han de despedir trabajadores, que para crecer económicamente hay que empobrecerse, que para tener mejor educación y sanidad hay que dejar morir escuelas y hospitales públicos.

Claro que, mirado desde otro ángulo distinto, la cosa sí empieza a tener su lógica. Si lo miramos desde la óptica de la lógica capitalista, entenderemos que cualquier argumento es válido si la finalidad es la de salvar el orden económico imperante. Bajo este prisma, el ser humano se convierte en mercancía, en objeto, en medio para conseguir los fines propuestos por los sujetos especuladores, aquellos que conducen esa gran maquinaria. En lugar de poner la economía al servicio de las personas, somos los ciudadanos, los trabajadores, quienes debemos hacer cualquier cosa, cualquier sacrificio, para contentar al dios implacable “dinero”, y a sus apóstoles en la tierra (FMI, BCI, OCDE…). El ciudadano deja de ser fin y parte activa de la política, para convertirse en sujeto pasivo, a quien se le imponen a conveniencia las distintas políticas economicistas dictadas por las empresas privadas, que es lo que son, al fin y al cabo, esa abstracción a la que hoy llamamos “mercado”.

Pues bien, ahora tenemos la oportunidad de ser coherentes, de volver a actuar con lógica. Ahora que ya sabemos  cuál es el escenario en el que nos movemos, no podemos contentarnos con parches impuestos, con soluciones que no pueden atajar el problema real. La lógica nos impele a ser y a actuar como sujetos de cambio político. Avancemos hacia el socialismo, sin complejos, con la seguridad de que la política con mayúsculas ha de ser la fuerza transformadora de todas las sociedades. 

miércoles, 17 de abril de 2013

El Hombre Postmoderno y la Lógica Capitalista



Es curioso que a estas alturas del desarrollo humano todavía existan personas que no saben, o que no se acuerdan que hubo un tiempo no muy lejano en que en el mundo existieron otras formas de organización social distintas del capitalismo. Es curioso observar como estas personas rechazan sistemáticamente cualquier atisbo de cambio de sistema económico; cuando oyen la palabra “socialismo” se sorprenden de que siquiera lo plantees, acto seguido repiten cual papagayos las consignas lanzadas por, no lo olvidemos, el mismo sistema que salió triunfante y el que domina hegemónicamente  casi la totalidad del planeta.

Sería bueno recordar que a mediados de los ochenta del siglo pasado tuvo lugar una gran revolución en occidente. Esta revolución, claro está, es mucho más prosaica que las anteriores revoluciones en la historia de la emancipación humana, tanto es así que sin temor podría llamársele contra- revolución, o mejor aún, anti- revolución. La historia nos revela que en ella los dos presidentes de las dos naciones más industrializadas y prósperas del mundo se dieron la mano, y al dictado de las grandes multinacionales, del gran capital, comenzaron a impulsar y desarrollar un sistema económico en el que el estado social fuera progresivamente despareciendo a favor de la iniciativa privada y del capital. A este sistema se le llama neoliberalismo económico, también se le llamó globalización, y hoy día, más que una crisis lo que estamos viviendo es un decisivo ataque de este gran capital a fin de lograr sus últimos objetivos.

A esta “revolución”, claro está no podía permanecer ajeno el pensamiento. En esos años de transición donde el sueño del socialismo soviético se desvaneció debido a una gran crisis económica producida precisamente por este capitalismo salvaje globalizador, se produjeron toda una serie de profundos cambios culturales y sociales. Uno de los más llamativos y paradigmáticos es el de las tesis sobre el “fin” de la evolución en todo sentido. Es decir, muchos autores llegaron a concluir que el desarrollo humano no podía considerarse más una evolución, un mero desarrollo sucesivo. De ahí se derivaron una serie de tesis como la de Danto que proclamaba que el arte llegó a su fin porque después del retorno a lo real que supuso el pop art no podría existir una legitimación desde la estética que pudiera rechazar cualquier práctica artística. Tras la desaparición de la unión soviética en “El fin de la historia”, Francis Fukuyama  propugnó el fin de toda ideología distinta al liberalismo.

Este cambio cultural y del pensamiento humano supuso en gran medida la creación del hombre postmoderno, un ser aislado y asocial en muchos sentidos. El fin de la historia, de la metafísica de la historia, ha dado lugar a un pensamiento único, a una sola cosmovisión en la que no cabe otra visión distinta de la realidad que se nos impone desde el capital. Es tan fuerte esta realidad que, ya no la utopía, sino siquiera la distopía nos parecen imposibles, como cuentos de hadas. La única realidad posible es la del dinero, la de la mercancía comprable y vendible.

Sin embargo, en mi opinión, no creo que las tesis posthistóricas hayan sido realizadas a mayor gloria del capitalismo, sino todo lo contrario. En origen, éstas fueron propugnadas en aras de una mayor emancipación del ser humano respecto de cualquier dogma impuesto heterónomamente, fue un llamado a una especie de anarquía autárquica. Lo que nunca se tuvo en cuenta desde estas tesis es la posibilidad de  que la libertad que soñaban sería absorbida por esta realidad uniformante, convirtiendo al individuo postmoderno en huérfano de ideales. Ya nadie creería en nada, por tanto nadie tendría que luchar por nada, además luchar tampoco serviría de nada… y así el hombre postmoderno se ha encontrado en una espiral de escepticismo de la que no le es posible escapar.

Sin embargo, sí es posible que exista una realidad distinta alejada de la realidad dominante y absolutista. No sabemos hacia donde se pueda dirigir este individuo, este ser humano en transición desde su época moderna hacia un mundo distinto. Puede dirigirse hacia lo mejor, pero también hacia lo peor. Estemos siempre alerta para transitar por los mejores canales a fin de llegar a buen puerto.