Labrando el Erial

Erial: Dícese de una tierra o de un campo sin cultivar ni labrar.







Hay que comenzar, como todas las cosas, por un principio, y este blog pretende ser mi pequeña aportación, mi pequeña semilla para ayudar a cultivar el erial cultural en el que vivimos.



Probablemente nadie leerá nada de lo que aquí aparezca publicado, pero hay que pelear con los medios que tenemos a nuestro alcance para contribuir así a despertar las mentes aletargadas, adormecidas y aborregadas por la televisión y el utilitarismo.







sábado, 25 de mayo de 2013

Lógica



Con la lógica más elemental, la que nos puedan haber enseñado en el parvulario, es posible demostrar cómo siguiendo unos sencillos precedimientos se pueden cambiar ciertas condiciones en un objeto determinado. No hace falta estar dotado de una gran inteligencia, ni ser una lumbrera para saber, por ejemplo, que si se confronta aire frio sobre un líquido caliente éste tenderá a enfriarse. Pues bien, hoy pareciera que hemos desterrado esa sencilla lógica de nuestra vida. A una buena parte de la sociedad española de hoy, no le importa proclamar que la única solución a los males que nos azotan se encuentra en la contradicción, que no podemos confrontar los problemas con las soluciones que nos dicta esa lógica elemental. Parecen estar convencidos de que para crear trabajo se han de despedir trabajadores, que para crecer económicamente hay que empobrecerse, que para tener mejor educación y sanidad hay que dejar morir escuelas y hospitales públicos.

Claro que, mirado desde otro ángulo distinto, la cosa sí empieza a tener su lógica. Si lo miramos desde la óptica de la lógica capitalista, entenderemos que cualquier argumento es válido si la finalidad es la de salvar el orden económico imperante. Bajo este prisma, el ser humano se convierte en mercancía, en objeto, en medio para conseguir los fines propuestos por los sujetos especuladores, aquellos que conducen esa gran maquinaria. En lugar de poner la economía al servicio de las personas, somos los ciudadanos, los trabajadores, quienes debemos hacer cualquier cosa, cualquier sacrificio, para contentar al dios implacable “dinero”, y a sus apóstoles en la tierra (FMI, BCI, OCDE…). El ciudadano deja de ser fin y parte activa de la política, para convertirse en sujeto pasivo, a quien se le imponen a conveniencia las distintas políticas economicistas dictadas por las empresas privadas, que es lo que son, al fin y al cabo, esa abstracción a la que hoy llamamos “mercado”.

Pues bien, ahora tenemos la oportunidad de ser coherentes, de volver a actuar con lógica. Ahora que ya sabemos  cuál es el escenario en el que nos movemos, no podemos contentarnos con parches impuestos, con soluciones que no pueden atajar el problema real. La lógica nos impele a ser y a actuar como sujetos de cambio político. Avancemos hacia el socialismo, sin complejos, con la seguridad de que la política con mayúsculas ha de ser la fuerza transformadora de todas las sociedades. 

miércoles, 17 de abril de 2013

El Hombre Postmoderno y la Lógica Capitalista



Es curioso que a estas alturas del desarrollo humano todavía existan personas que no saben, o que no se acuerdan que hubo un tiempo no muy lejano en que en el mundo existieron otras formas de organización social distintas del capitalismo. Es curioso observar como estas personas rechazan sistemáticamente cualquier atisbo de cambio de sistema económico; cuando oyen la palabra “socialismo” se sorprenden de que siquiera lo plantees, acto seguido repiten cual papagayos las consignas lanzadas por, no lo olvidemos, el mismo sistema que salió triunfante y el que domina hegemónicamente  casi la totalidad del planeta.

Sería bueno recordar que a mediados de los ochenta del siglo pasado tuvo lugar una gran revolución en occidente. Esta revolución, claro está, es mucho más prosaica que las anteriores revoluciones en la historia de la emancipación humana, tanto es así que sin temor podría llamársele contra- revolución, o mejor aún, anti- revolución. La historia nos revela que en ella los dos presidentes de las dos naciones más industrializadas y prósperas del mundo se dieron la mano, y al dictado de las grandes multinacionales, del gran capital, comenzaron a impulsar y desarrollar un sistema económico en el que el estado social fuera progresivamente despareciendo a favor de la iniciativa privada y del capital. A este sistema se le llama neoliberalismo económico, también se le llamó globalización, y hoy día, más que una crisis lo que estamos viviendo es un decisivo ataque de este gran capital a fin de lograr sus últimos objetivos.

A esta “revolución”, claro está no podía permanecer ajeno el pensamiento. En esos años de transición donde el sueño del socialismo soviético se desvaneció debido a una gran crisis económica producida precisamente por este capitalismo salvaje globalizador, se produjeron toda una serie de profundos cambios culturales y sociales. Uno de los más llamativos y paradigmáticos es el de las tesis sobre el “fin” de la evolución en todo sentido. Es decir, muchos autores llegaron a concluir que el desarrollo humano no podía considerarse más una evolución, un mero desarrollo sucesivo. De ahí se derivaron una serie de tesis como la de Danto que proclamaba que el arte llegó a su fin porque después del retorno a lo real que supuso el pop art no podría existir una legitimación desde la estética que pudiera rechazar cualquier práctica artística. Tras la desaparición de la unión soviética en “El fin de la historia”, Francis Fukuyama  propugnó el fin de toda ideología distinta al liberalismo.

Este cambio cultural y del pensamiento humano supuso en gran medida la creación del hombre postmoderno, un ser aislado y asocial en muchos sentidos. El fin de la historia, de la metafísica de la historia, ha dado lugar a un pensamiento único, a una sola cosmovisión en la que no cabe otra visión distinta de la realidad que se nos impone desde el capital. Es tan fuerte esta realidad que, ya no la utopía, sino siquiera la distopía nos parecen imposibles, como cuentos de hadas. La única realidad posible es la del dinero, la de la mercancía comprable y vendible.

Sin embargo, en mi opinión, no creo que las tesis posthistóricas hayan sido realizadas a mayor gloria del capitalismo, sino todo lo contrario. En origen, éstas fueron propugnadas en aras de una mayor emancipación del ser humano respecto de cualquier dogma impuesto heterónomamente, fue un llamado a una especie de anarquía autárquica. Lo que nunca se tuvo en cuenta desde estas tesis es la posibilidad de  que la libertad que soñaban sería absorbida por esta realidad uniformante, convirtiendo al individuo postmoderno en huérfano de ideales. Ya nadie creería en nada, por tanto nadie tendría que luchar por nada, además luchar tampoco serviría de nada… y así el hombre postmoderno se ha encontrado en una espiral de escepticismo de la que no le es posible escapar.

Sin embargo, sí es posible que exista una realidad distinta alejada de la realidad dominante y absolutista. No sabemos hacia donde se pueda dirigir este individuo, este ser humano en transición desde su época moderna hacia un mundo distinto. Puede dirigirse hacia lo mejor, pero también hacia lo peor. Estemos siempre alerta para transitar por los mejores canales a fin de llegar a buen puerto.

viernes, 1 de marzo de 2013

¿Qué Hacer?



¿Qué hacer?
 Es imprescindible que comencemos reflexionando y  formulándonos esta pregunta. En todas las épocas, en todas las situaciones, cualquier cambio comenzó a gestarse en el mismo momento en el que alguien, en algún lugar, pensó traspasar la realidad concreta de su presente y se formuló un “¿Qué hacer?”
Sin embargo esta corta pregunta conlleva muchos condicionantes. ¿Qué es lo que entendemos o presuponemos en la pregunta?

Es decir, podríamos interpretar esta pregunta con muy diferentes connotaciones. Por ejemplo, al formulárnosla podríamos interpretarla como “¿Qué intento hacer?”, en lo que sería una especie de abdicación ante la realidad que se impone. En este caso veríamos la realidad como algo insuperable, algo tan inconmensurable que lo único que podríamos esperar sería un fracaso como respuesta. La debilidad de esta interpretación va implícita en la misma formulación de la pregunta. El verbo Intentar no puede ser compatible con “Hacer”, que en este caso interpretamos como “generar algo”, y el “Qué”, que interpretamos como “algo nuevo, novedoso, diferente”. Así, al generar algo (nuevo), no se le puede anteponer una condición, un intento, pues entonces ya no sería una generación, sino una mera posibilidad de generar. Esto invalidaría la pregunta en el sentido en que queremos formularla. Hacer aquí implica o bien hacer algo, o bien no hacerlo, pero nunca posibilidad, contingencia o intento.

Del mismo modo podríamos interpretar “¿Qué hacer?”, como “¿Qué puedo hacer?”, en cuyo caso lo que estamos haciendo es trasladando el mismo sentido de la anterior formulación al terreno de la libertad individual. La posibilidad ya no es algo dependiente más o menos de las circunstancias externas, sino que ahora depende directamente de las decisiones internas que tomemos respecto a la realidad. Sin embargo el verbo “Poder” puede tener a su vez varios matices, es posible entender poder como aquello que “puedo hacer” (posibilidad), y también es posible entenderlo como “puedo hacer” (capacidad). Tanto el uno como el otro reflejan la condición de libre elección ante los hechos, pero sólo el segundo de ellos es susceptible de generar una nueva realidad. El primero se queda en el camino de la elección, y puesto que el sentido de la pregunta sería algo así como:” ¿Puedo generar algo diferente?”, la respuesta sería ya respondida en el mismo sentido que la anterior. Es decir, en este sentido, el “hacer” es incompatible con el “poder hacer”.

Por último, existe la posibilidad de que interpretásemos la pregunta como “¿Qué debo hacer?”  En el momento que lo hiciésemos apelaríamos a nuestra autonomía moral y a nuestro deber a la hora de actuar ante determinada realidad. “Deber” no puede ser interpretado aquí como un deber impuesto desde el exterior, sino como un deber en sentido kantiano, nacido de la reflexión interior de cada ser humano, de modo que ante la realidad tuviésemos la capacidad de saber, o decidir, qué es lo que vamos a hacer con esa realidad. Si en las dos formulaciones anteriores no queda del todo claro como pueden ser compatibles el “intentar” y el “poder”, con el “generar algo”; esta última interpretación de la pregunta sí deja ver una interpretación más clara. A saber, que la realidad es susceptible de interpretaciones, pero que sólo nuestra autonomía moral, libre y consciente, es una realidad objetiva y en cuanto tal, a ella si le es posible generar algo nuevo, algo diferente a través de esta autonomía.
En otras palabras, ante una realidad concreta sentimos el llamado del deber, es cierto que más tarde podemos hacer algo o no hacer nada; tanto lo uno como lo otro es una decisión ante esa realidad. Ahora bien, aquí ya no se trata de una mera opinión o de una mera posibilidad. La propia reflexión que te impele a actuar de determinada forma ya está generando de por sí nuevas ideas, nuevos esquemas de actuación. El deber se interpretaría aquí del siguiente modo: “Ante esta realidad ¿cuál es mi deber?” y al auto-plantearnos esta pregunta se estaría ya “generando algo nuevo”.

A modo de conclusión quisiera trasladar esta reflexión a la problemática política actual. La devaluación que ha sufrido la política en estos tiempos no puede ser entendida como una mera consecuencia  de la desastrosa actuación de partidos políticos determinados, o de personas corruptas dentro de esos partidos. Por supuesto es importante que estas cosas salgan a la luz, pero no reflejan la verdadera causa de la realidad que estamos viviendo. Todos los días la televisión, la radio, los diarios nos bombardean con información (a veces incluso contradictoria), y lo que se consigue de este modo es distraernos de las causas últimas por las que se generan estos problemas. Esta avalancha produce un efecto anestesiante en las personas que ya no saben mirar por encima de los problemas del día y se quedan en la mera queja, impotentes, desesperados, parloteando sobre los “coches oficiales”, los “políticos”, los “partidos”.

Ante este panorama pues ¿qué hacer?

Podemos seguir “intentando hacer algo”,  o seguir diciendo una y otra vez que “podríamos hacer algo”, pero lo que de verdad necesitamos ahora es volver a colocar la ética del deber en el centro de nuestras aspiraciones políticas. No sirve de nada la queja si se queda ahí, si no conlleva una constructividad. Si criticamos la realidad existente, debe ser para generar un algo nuevo y mejor, y esto solo es posible a través de nuestra propia reflexión, sobre cual sea nuestro deber para con la realidad. El verdadero valor de este “hacerse” para “generar algo” tampoco puede estar en sus potenciales resultados, ya sean electorales, ya sean de posibilidad, etc. sino en el hecho mismo de actuar conforme a las convicciones y conforme al deber autoimpuesto. El valor generador de nuevas cosas está en el propio generar.

Por eso, ante la desesperanza a la que nos tiene sometido el mono-diálogo del capital-fascismo, debemos contraponer la posible generación de otras- nuevas alternativas más justas. Si nuestro deber es proteger al ser humano, debemos hacerlo sin importar las consecuencias, y debemos hacerlo por encima de las consideraciones económicas. Del mismo modo, si debemos optar por una posición política, no podemos dejarnos desanimar por la imposibilidad de su potencial realización. Sólo si entendemos que el capitalismo no es la (única) realidad podremos empezar a considerar la posibilidad de cambiar el futuro para la supervivencia de la humanidad.

NOTA: El título, y solo el título de esta reflexión está inspirado en la obra “¿Qué hacer?” de V.I. Lenin. Escrito en 1902

AUTOR: JOSÉ ANTONIO MARÍN DIAZ

jueves, 14 de febrero de 2013

¿Es posible llegar al concepto objetivo a través de la dialéctica socrática?



Pese a las dificultades que entraña un tema como el que se deriva del título anterior, creo que es interesante desentrañar ciertas cuestiones básicas para entender el posterior desarrollo del pensamiento occidental. Un pensamiento con largo recorrido, que atravesará épocas difíciles y esplendorosas, acontecimientos históricos de gran magnitud, un progreso técnico sin parangón, etc. Todo ello, claro está, si es que lo miramos desde un punto de vista etnocéntrico y occidentalista.
Esto de por sí ya conlleva otra problemática, porque, ¿hasta qué punto podríamos considerar este pensamiento nuestro actual como heredero del pensamiento clásico?, o aún más, ¿cómo podríamos establecer un nexo que conectara nuestro actual pensar con sus inmediatos precedentes, ya sea el idealismo, el marxismo, el positivismo, etc.? Esta forma nuestra de “pensar” nuestro pensamiento, propia del historicismo, contiene en sí una imagen de la historia similar a una gran cadena, en la que numerosísimos eslabones se encuentran conectados entre sí, en una secuencia sin fin. Ahora bien, lo que no se tiene nunca en cuenta en esta concepción, es la posibilidad de la existencia de otros eslabones que, por motivos evidentes, nunca han sido incorporados a esta cadena. Me refiero a aquello que ha quedado fuera del relato oficial, fuera de la historia tal como la concebía Hegel: lo a-histórico, entendido como “fuera del linde de la historia del progreso humano”. Es evidente que los perdedores de todas las épocas han quedado fuera de este mono-relato historicista; es por esto que los “saberes” propios de los nativos americanos nunca han sido incorporados a la historia del progreso, es por esto también que hoy nos resulta casi imposible comprender el pensamiento presocrático, al que tenemos que mirar desde un relato ya construido, en buena parte por Platón, pero legitimado, vez tras vez, por el ideal de superación de los relatos pasados.
De esta forma, los pensadores presocráticos (o más bien debiéramos decir preplatónicos), aparecen como representantes de una época arcaica, cuyas concepciones acerca de la naturaleza y de la vida son vistas por nosotros de modo condescendiente, como si éstas pertenecieran a un estadio infantil del pensamiento humano. Por eso al intentar descifrar la figura y el pensamiento de Sócrates, tendemos a situarlo, no ya en su justa medida, sino como frontera entre un pasado superado y una proyección hacia el futuro.

Ciertamente para nosotros Sócrates es una figura atrayente, siempre rodeada por un cierto halo de misterio; Nació en 469 ac, en el seno de una familia de clase media. Su padre era cantero (escultor) y su madre, tras la muerte de éste, se dedicó al oficio de comadrona. Murió ejecutado en 399 ac. tras un juicio en el que fue encontrado culpable de impiedad.
Sócrates probablemente no fue un gran filósofo, en el sentido que hoy entendemos; no pudo (o no quiso) sistematizar su pensamiento, sino que se limitó casi exclusivamente al diálogo sobre cuestiones relacionadas con la moral, descuidando, o dando poquísima importancia, a otras problemáticas. Sin embargo, no podemos considerarlo tan solo como una especie de predicador de la moral, pues esto no le haría justicia en ningún caso.Tampoco dejó nada escrito y ésto, unido a las diversas fuentes - principalmente Aristófanes, Jenofonte, Platón y Aristóteles-  de que se dispone para desentrañar su pensamiento, hace que la posibilidad de que los estudiosos puedan reconstruir al Sócrates histórico se convierta en una tarea imposible. Así pues, dado el tiempo y el espacio limitado, dejaré de lado esta cuestión, así como la cuestión de la genuinidad del pensamiento Socrático en tales fuentes,  y me centraré en intentar descifrar qué es lo que Sócrates podía entender por una realidad absoluta y si ésta puede alcanzarse a través de la dialéctica.

Para Grecia, el siglo V ac, fue un periodo de transición en muchos aspectos, se produjeron grandes cambios sociopolíticos. Por supuesto, el pensamiento de la época no podía sustraerse del contexto en el que se desarrollaba; vemos que es entonces cuando “el eje de la reflexión filosófica  comienza a desplazarse de la naturaleza y del cosmos hacia el hombre, y a todo aquello que le concierne en cuanto miembro de una sociedad.” 
Podemos decir que en esta época tiene lugar una especie de” humanismo”, en el que se desarrollarán las ciencias humanas. La sofística será en buena parte responsable de todo este desarrollo, pues esta corriente de pensadores centraba toda su atención en la educación (paideia) de los jóvenes a fin de producir grandes y excelentes “profesionales” que medraran en la polis. Los sofistas no se preocupaban ni de la phýsis, ni del kósmos, ni de conceptos abstractos como la verdad o la justicia; Lo único que centraba su interés era formar a la futura élite de la ciudad.  En este contexto es donde tiene lugar el ascenso de Sócrates.
Desde el principio, Sócrates fue confundido con un sofista más, y no es descabellado pensar que quizá eso fue una de las causas de su condena, ya que la época de finales del siglo V fue un periodo de franca decadencia en Atenas. Se desmoronaba no sólo la hegemonía militar y comercial ática, sino también las formas de vida tradicional de los ciudadanos. Así que no es de extrañar que se echara buena parte de culpa a los sofistas, esos extranjeros procedentes de las colonias que se dedicaban a introducir nuevas ideas en los jóvenes. Esto sería paradójico porque en realidad Sócrates no hizo otra cosa que luchar contra las concepciones utilitaristas de la sofística, haciendo a éstos a su vez, directamente responsables de la decadencia ateniense. Sócrates, además, buscaba incansablemente contraponer un método para llegar a conocer conceptos universales y objetivos, de modo que a la luz de éstos, pudiera practicarse una vida virtuosa para llegar a ser mejores hombres y mejorar así la ciudad.

Cómo antes he reseñado, Sócrates seguramente fue un personaje excéntrico, algo tosco, despreocupado de las convenciones sociales y académicas, y parece que nunca estuvo muy interesado en las cuestiones especulativas sobre la naturaleza y el ser, sino que desplazó estas investigaciones hacia el ser humano, tratando siempre de dar respuesta a algo así como: “¿qué significa ser hombre?”. Se limitó, pues, exclusivamente al ámbito moral. Hay que destacar el método utilizado por Sócrates para lograr descubrir esos conceptos generales. Sócrates pretende siempre llegar a los conceptos generales, a partir de premisas particulares. A través de un proceso dialectico, que consta de dos momentos, la Ironía-refutación y la Maiéutica (dar a luz), buscaba que cada interlocutor, después de haber incurrido en contradicción respecto a lo que creía saber, llegase  a “dar a luz” conclusiones propias, ideas que se encontraban ya en su interior sin saberlo.
Por eso Sócrates sí busca una realidad fija, objetiva, contraria a la opinión, pero no le interesa la ontología, sino los discursos que puedan trascender el ámbito de lo subjetivo para llegar a ser universales. Es decir, por medio de los dia-logos, desechando opiniones parciales y subjetivas, poder llegar a conocer las realidades universales. Esto convierte a Sócrates en una especie de J. Habermas de su siglo, que busca a través de la crítica y el diálogo, una razón común, unos ideales comunes para salvar Atenas de la decadencia en la que se estaba sumiendo. Con ello pretendía superar tanto el dogmatismo ontológico de Parménides, (el cual podemos identificar con una posición política reaccionaria, inmovilista, de pensamiento único), como el relativismo utilitarista que hacía de la política la sofística. Las preocupaciones socráticas en estos momentos se mueven en torno a la moral, a la virtud y el bien supremo del hombre.
Es cierto que Sócrates sí coincide con los sofistas en primar los problemas políticos sobre la mera especulación científica, los problemas morales sobre la physis. Lo que separa sin embargo a Sócrates de los Sofistas son los diferentes posicionamientos políticos que toman. No olvidemos que el gran debate ontológico recorría ya un siglo, la sofística era heredera de esa tradición pluralista, donde el Logos (el “decir” racional) estaba por encima de consideraciones abstractas sobre la naturaleza. “El decir” se transformaría en “Los decires”; ya no habría un único “decir” sobre el ente, sino una múltiple pluralidad de “decires”. La consecuencia de esto fue que para ellos nunca más podría existir un único discurso verdadero, “los decires” estaban por encima del “ser”.
Frente a este subjetivismo y relativismo de la sofística se posicionará Sócrates, él si busca una realidad objetiva, cree en normas universales verdaderas, válidas per se,  y superiores a la contingencia de las opiniones subjetivas. Lo que ocurre es que Sócrates no se apoyará para ello en la otra tradición, en la ontología del ser-uno. El ser único parmenídeo representaba una especie de “fascismo”, un pensamiento y un discurso único y totalizante. Sócrates piensa que las especulaciones sobre la Naturaleza y el Arché no tienen mucho sentido. Es en el hombre (y no fuera de él), en el autoexamen de nuestra conviencia donde hay que buscar la verdad. Del conocimiento propio se nos revelará la verdad y conoceremos el bien, y del bien se derivarán las normas universales, objetivas y verdaderas. Pretende así encontrar conceptos universales, a través del diálogo, a través del autoexamen de la moral individual. Los grandes temas socráticos: el bien, la virtud, el intelectualismo moral, no hay que mirarlos sino a la luz de esta creencia.
Ahora bien, el problema estriba en que Sócrates parece haber ignorado el hecho de que el ser humano tiene voluntad propia. Su “intelectualismo moral” en el que la sabiduría es identificada con el bien, y la ignorancia con el vicio, es fuertemente determinista; de esto se deriva que nadie puede hacer el mal voluntariamente, sino que lo hace por ignorancia del bien. Esto parece a todas luces contrario a la realidad, pues el ser humano está dotado de voluntad, y puede hacer tanto el mal como el bien de manera consciente, es decir, que puede hacer el mal a sabiendas que es un mal.

Esto nos llevaría a trasladar esta problemática al terreno inestable de los conceptos universales. Es decir, el ideal socrático podría pretender algo así como: comienza realizando un auto-examen de tu conciencia individual para liberarnos de los prejuicios y de las pre-comprensiones, aprehende la verdad revelada a fin de poder participar después en el diálogo (dialéctica) y poder llegar, a través de éste, a un concepto universal.
Sin embargo ¿de qué manera podríamos fundamentar un concepto objetivo a través del diálogo universal de seres subjetivos? Parece complicado entender que exista la posibilidad de hallar una definición objetiva y universal de un concepto, tal como por ejemplo el de “justicia”, sin que exista una idea ya impuesta. Es decir, Sócrates se acercó a la senda de la metafísica, aunque no pudo transitar por ella, porque probablemente no pudo ver más allá de su realidad inmediata.

En cuanto a las “realidades objetivas” pues, y para decirlo con Marzoa, habrá que entender que todo cuanto se dice sobre algo concreto, conlleva su tematización. Es decir, “establecemos un concepto, en cuanto de ello decimos algo, en cuanto le referimos o atribuimos algo.”

Un concepto como “justicia” lleva en sí su tematización, aquellas caracterizaciones que le atribuimos como “justicia”; pero éstas caracterizaciones, a la vez no se tematizan porque ya están pre-supuestas y forman constitutivamente este mismo concepto de “justicia.” El eidos (aspecto- imagen), en término de Platón, equivaldría a un “En qué consiste ser”, o “Qué constituye el ser” de algo, mientras que lo que utilizamos para designar ese algo, el ente, se expresaría como “Lo que es”.
Así, a la pregunta: ¿Qué “es” justicia? No se podría responder intentando tematizar lo constitutivo de ésta (el eidos), porque entonces incurriríamos en una contradicción; haciéndolo responderíamos algo así como: “lo constitutivo de tal es lo constitutivo de tal es lo constitutivo…” pero nunca llegaríamos a una  verdadera definición firme de lo que pudiera ser la justicia. Algo así es lo que Sócrates pretende, intentando descubrir conceptos universales, en conceptos “particulares”, a los que ya les suponemos unas ideas determinadas. Es probable que la crítica despiadada que Nietzsche le dirigiera, considerándolo como “el primer exponente del linaje de los alucinados del transmundo” vaya en este sentido.

Sería Platón el que andando el tiempo entendió que el “Ser” de algo no puede estar en el mismo plano que “la determinación particular” de ese algo. Platón es capaz de construir el edificio metafísico, deduciendo que sólo el eidos es; es la “idea de” la que prevalece sobre lo particular, sobre la cosa. Por tanto la presencia de algo en realidad no es de ese algo concreto, sino que es presencia de la idea sobre ese algo. De ahí se deduce su distinción en dos niveles de conocimiento, el sensitivo (el que mira lo a-par-ente) y el superior (el que mira el eidos propiamente dicho) En conclusión, Sócrates nunca pudo superar esta contradicción entre la realidad y los conceptos objetivos porque no pudo vislumbrar lo suprasensible como plano distinto a lo real. Su búsqueda de una verdad objetiva no podía superar este obstáculo y fue Platón, sin embargo, el que sí dio el paso definitivo para la fundamentación de la metafísica.

AUTOR: JOSÉ ANTONIO MARÍN DIAZ